Miguel Tapia González
Periodista
¡Por fin pasó algo en el interminable proceso por el secuestro, asesinato y desaparición de los restos de quien fuera un querido amigo personal, el cura Antonio Llidó Mengual!
Lo conocí por aquellos tiempos de grandes realizaciones artísticas y culturales, a fines de los ’60, cuando Toño, recién llegado a Quillota, descubrió que mi recordado Grupo Tehuelche interpretaba canciones de la Guerra Civil Española.
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El religioso, eufórico por el fenómeno social que vivía nuestro país y dominado por la nostalgia, se acercó al conjunto musical y siguió paso a paso cada una de sus actuaciones. Llegaba a mi casa familiar de calle Pinto, para asistir a todos los ensayos y aprovechar de cultivar una sana y leal amistad que tuvo mucho de retroalimentación y discusión en los ámbitos religioso, social, político y en los recónditos asuntos de la vida.
Lo vi por última vez el 11 de septiembre de 1973 cuando, con mi amigo Marco Antonio Cortés, recorrimos la ciudad para ser testigos de cómo los militares sitiaban cada uno de sus servicios públicos, industrias, vías estratégicas y lugares de interés.
Toño Llidó nos habló tras la reja de entrada a la entonces industria Rayón Said, para decirnos que junto a los trabajadores se mantendrían ahí con la decisión de hacer volar las instalaciones si los militares intentaban ocuparlas.
Finalmente, entregaron pacíficamente la industria y no hubo atentado alguno.
Después supe que se refugió en Santiago, a donde pude enviarle un par de mensajes que contestaba a través de interpósitas amistades comunes.
La noticia de que había caído en manos de los organismos represores la recibí recién a comienzos de 1975. En ningún momento me cupo duda de que sus perseguidores lo detuvieron por delación de alguno de sus ex camaradas y que fue interrogado cruelmente hasta aniquilar su estructura física, jamás su fortaleza espiritual.
Por veinticinco años, parte de la sociedad chilena intentó que nada de lo ocurrido aconteció y la justicia se sumó dócilmente a la doctrina oficial.
Por casi treinta años, la Iglesia Católica guardó silencio sobre el destino del Cura Toño, como tampoco se pronunció jamás por los crímenes contra varios de sus apóstoles, como Joan Alsina, Gerardo Poblete o Miguel Woodward.
Por tres decenios, los ex jerarcas y miembros de la DINA no sólo mantuvieron riguroso hermetismo sobre el caso, sino también desplegaron todo su perverso aparataje para desmontar cualquier avance que experimentaran las indagaciones judiciales.
Pero la verdad aparece porfiadamente, así transcurran siglos.
Hace poco más de una semana, fueron sometidos a proceso los autores intelectuales del asesinato del padre Llidó, partiendo por el tenebroso ex general Manuel Contreras, pasando por el torturador Miguel Krashnoff, hasta llegar al enajenado criminal Osvaldo “guatón” Romo.
Tengo en mis manos el libro “ROMO, Confesiones de un torturador”, donde la periodista Nancy Guzmán revela los pormenores de una larga entrevista realizada en varias sesiones al cruel delator Osvaldo Romo.
Sólo una pequeña parte de sus confesiones: “Puedes decir que yo he torturado, ya, hasta es lo mío, es una cosa buena. Pero no puedes decir que yo soy un sinvergüenza. Lo que sí puedes decir de mí ¿cierto? que yo cumplí una etapa, una etapa bien cumplida. Yo estoy limpio con mi conciencia, limpio con mi frente. Yo creo que lo que yo hice lo volvería a hacer”.
La mención transcrita nos deja plena claridad sobre las razones que tuvieron para asesinar al cura Toño y a miles de chilenos más. Se debía imponer la locura, la crueldad exacerbada, el imperio de la brutalidad, la negación de la inteligencia y el dominio de la perversidad.
Pero poco a poco el tiempo va dando paso al triunfo de la verdad y de la razón.
La familia Llidó desde España no ha descansado ni un sólo instante en su lucha por implantar la justicia descubriendo quiénes son los culpables, por qué lo asesinaron y dónde ocultaron sus restos.
Los amigos de Toño en Chile tampoco se han dado tregua y han contribuido afanosamente a buscar antecedentes y testimonios para ponerlos al alcance de la justicia.
La Asociación Cultural Antonio Llidó, desde Catalunya, ha esparcido por todo el mundo el nítido testimonio de amor y conciencia entregado por el religioso, a través del libro “Episolario de un Compromiso”, que recoge los mensajes enviados desde Chile durante casi cinco años a los familiares europeos.
Hoy la verdad está muy cerca. Falta develar quiénes lo asesinaron y dónde ocultaron sus restos.
El procesamiento de los administradores de la tortura y el crimen nos acerca a la verdad final.
Esperamos ansiosos que la justicia triunfe esta vez y que la demencial política del exterminio tenga su castigo gracias a los secretos que están siendo revelados en el proceso por el asesinato de nuestro Antonio Llidó.