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Te vas formando de
las memorias fragmentadas,
amaneciendo de los recuerdos que te estaban
esperando,
crisálida minúscula y gigante,
capullo compasivo llenaste
el orbe con tus mariposas multicolores,
repletas de esperanzas y de
risas,
así fuiste desenvolviendo la vida que te estaba
destinada,
así tan simple y traicionera te cercaba la muerte colgada de
tu brazo,
como sombra rastrera te fue siguiendo en cada esquina,
en
cada sermón
en cada confianza que sembraste,
la oquedad de sus ojos
grandes,
te fue rodeando triste y titánica,
irónica y
déspota,
hasta dejarte solitario y anclado en la certeza única del
verdugo infame que la traía cosida a su frente.
Tal vez antes de alcanzarte con sus ojos diminutos y viles,
ya se le
había aparecido develada en sus manos,
cuando al regresar de algún
juego infantil y lavarlas,
se le cruzó el tiempo en los huesos,
y
comenzó a limpiar tu sangre que escurría dadivosa,
quizá al besar los
labios finos y delicados de la amada,
tu sonrisa se coló en su
rostro,
la traía de la misa dominguera,
tu risa y todas las risas
traspasadas por el mismo aliento,
tu vida y todas las vidas traspasadas
por el mismo hálito.
¿Cómo pudo levantar el puñal, el fusil, o lo que haya segado y acallado
tus respiros?
al matarte asesinó tres veces,
quitándote y
silenciando tu cuerpo,
dejándote callado y anónimo,
y quedándose
inhumano.